Elena cerró los ojos. Al hacerlo, casi pudo oler el perfume a madera y lluvia que siempre lo acompañaba. Recordó la última tarde en el muelle, cuando el sol se teñía de violeta y las olas parecían susurrar secretos que ellos no querían escuchar. Él le había tomado las manos, transmitiéndole un calor que todavía parecía quemar su piel en las noches más frías.

Elena dio un paso atrás, permitiéndole entrar. La lluvia goteaba de su abrigo sobre el suelo de madera, pero a ninguno le importó. Él dejó la caja sobre la mesa y se acercó lentamente, temiendo que ella fuera solo un espejismo fruto de la tormenta.

Elena no necesitó más respuestas. El cuaderno de cuero seguía abierto sobre la mesa, pero las viejas cartas ya no eran necesarias. Rompiendo la distancia que los había separado durante diez años, se refugió en sus brazos. El frío de la tormenta se disipó al instante, reemplazado por la certeza de que, a veces, el amor necesita perderse en el tiempo para descubrir que su verdadero destino siempre fue volver a casa.

De repente, el timbre de la puerta principal rasgó el silencio de la casa. Elena se sobresaltó, derramando unas gotas de café sobre la mesa. Eran pasadas las diez de la noche y no esperaba a nadie. Con el corazón latiendo desbocado por una corazonada absurda que se esforzó en reprimir, cruzó el pasillo y apoyó la mano en el pomo de madera fría.

Julián extendió la mano y, con infinita delicadeza, apartó un mechón de cabello mojado de la mejilla de Elena. Su tacto seguía siendo el mismo refugio de antaño.